El PRI, como remedo de canción, “Estar perdido y volver a perder”

Ya se veía venir el desmoronamiento del PRI después de más de 80 años de mangonear la vida política de México. El triunfo del PAN en 2000 y 2006 fue un aviso de advertencia que los ensoberbecidos monarcas tricolores de la época no atendieron y allí están las consecuencias.

Tamaulipas no podía escapar al colapso del entonces invencible partido oficial y ahora está desplazado del gobierno estatal, ramas ejecutiva y legislativa ¡y también judicial!; gobierna solo seis ciudades y no tiene diputados locales, federales ni senadores, de mayoría relativa.

El PRI quedó huérfano y tiene problemas de supervivencia porque nunca funcionó como partido político propiamente dicho, es decir, atenido a sus propias fuerzas, sino que vivió enchufado al gobierno.

No tuvo problemas este otrora glorioso partido ni para escoger candidatos ni para pagarles las campañas. De eso se encargaba el gobierno de turno, surgido de sus filas.

Egidio Torre Cantú fue el último primer priísta del Estado, que tuvo a su cargo el manejo del partido. En 2016 fue derrotado su candidato sexenal, lo que implicó desconectar el aparato que le daba vida artificial al PRI.

Sin el flujo periódico, constante y suficiente de dinero oficial, este partido pronto tuvo anemia y quedó en condición catatónica.

En el más reciente proceso de renovación de autoridades, 2018, presidentes municipales, y 2019, diputados locales, los candidatos del tricolor fueron seleccionados de una manera accidentada, pues ya no había en palacio de gobierno un Gran Elector que cumpliera esa función.

En 2021 será peor, pues Egidio no tiene fuerza política, ni moral, sólo fortaleza económica, pero además, está ausente, escurridizo, prófugo, podríamos decir, por la cantidad de cargos implícitos que pesan en su contra, por presuntos actos de corrupción.

¿Quién designaría a los candidatos del partido tricolor, para que compitan el próximo año por 43 alcaldías, 9 diputaciones federales y 22 diputaciones locales de mayoría relativa?

Esa era la gran incógnita, pero Alejandro Moreno Cárdenas, Alito, ya nos despejó las dudas, con su magistral sesión del Consejo Político Nacional, en el cual reformó los estatutos del partido que preside.

Dicen los abogados, “a confesión de parte, relevo de pruebas”, y es pertinente la mención debido a que Alito anuló de un plumazo el poder de facto que ejercían los Gobernadores de turno, de designar a los candidatos de sus respectivas ínsulas.

Siempre se negó que los Gobernadores influyeran siquiera en el “palomeo” de los abanderados, pero ahora se reconoce plenamente que sí lo hacían.

Lo mismo le reprochaban sus detractores al entonces Presidente de la República, don Gustavo Díaz Ordaz, quien agudo de mente como era, respondía con sarcasmo e ironía que él entregaba al partido, solo su cuota y su voto.

Con su reforma estatutaria, Alito despojó a los Gobernadores de la facultad escondida de poner candidatos en sus Estados, para que en adelante, sea él mismo quien los designe, a todos los niveles, es decir, abanderados para disputar diputaciones federales, locales y hasta Senadurías.

Y no solo de candidatos de mayoría relativa, sino también los de representación proporcional. En un exceso de centralismo, Alejandro Moreno se adjudicó la facultad de remover, cambiar, cancelar candidaturas.

De pilón, Alito introdujo en los nuevos estatutos la autoridad para que el presidente del partido designe a los coordinadores parlamentarios, en las dos cámaras del Congreso de la Unión y en los Congresos locales.

También se abrogó el derecho de ordenarles a los legisladores, de los dos niveles, el sentido del voto que tengan que emitir en cualquier asunto que se debata. Así o más dictatorial?

Por supuesto, el mundo se volcó encima suyo y actores prominentes del PRI anunciaron que acudirán a los tribunales que sean necesarios, para impugnar la reforma hasta conseguir su revocación.

Sólo que van a tener un problema, de entrada. El INE dio su complacencia a las reformas hechas aprobar por Alito, lo que no significa que no puedan ser suprimidas, pero van a batallar más tiempo.

Lo menos que le reprochan al presidente nacional del PRI, es que está destruyendo la democracia interna, él, que se veía tan modosito, correcto, mosquita muerta, como quien no rompe un plato.

En Tamaulipas, el representante de este partido, Edgar Melhem Salinas, había incurrido en la perogrullada de anunciar que los candidatos se designarían mediante consulta a la base y/o encuestas.

El PRI tenía hasta antes de la reforma estatutaria de Alito, tres métodos de selección de candidatos: convención de delegados, consulta a la base y designación directa. Eso decía el librito, pero en realidad era el Gobernador el que los ponía. Punto.

Pero eso se acabó. En adelante, Alejandro Moreno Cárdenas les ahorrará el gasto y pérdidas de tiempo de encuestas y convenciones, pues decidirá por sus meros pantalones, quiénes irán a la contienda electoral.

Otro cambio impuesto por Alito, es que ex directivos y militantes de otros partidos, pueden ser designados candidatos del PRI. Todavía más extraño, es que los jefes de este partido, en cualquier nivel, podrán aceptar invitaciones para trabajar en gobiernos de otros partidos.

¿De qué se trata todo esto? Están desnaturalizando al PRI, como para terminar de echarlo al pozo y cubrirlo de piadosa tierrita, con su respectiva cruz y un epitafio alusivo.

De hecho, el partido tricolor está en la lona, terminado, abatido, derrotado, pero aun así, le recetan una amarga medicina que lo hará caer más hondo.

No podemos menos que reconocer, admirar y aplaudir la visión del médico Felipe Garza Narváez, que previó el desastroso desenlace a que llevarían las pugnas internas que enfrentaron a los poderosos dinosaurios del partido tricolor, decidiendo oportunamente sacar su veinte y llevarse sus tiliches a otra parte.

Ahora es un feliz freelance con un bagaje político acumulado en más de 30 años de experiencias en territorio, que no lleva prisa por subirse a otro barco.

(Agencia de Servicios Informativos).