Es muy común ver como las parejas jóvenes, desde el origen mismo de su relación, van acercándose a conductas que cuestionan la equidad de género y, empiezan a dar señales de lo que será entre ellos un trato de dominación y control, donde uno se impone sobre el otro, estableciéndose las bases para una codependencia emocional tóxica, en muchas ocasiones siguiendo los patrones convencionales establecidos en las familias tradicionales, donde se impone la voluntad del hombre.

Generalmente es muy frecuente escuchar decir a los enamorados al establecer un vínculo de mayor intimidad, o al contraer matrimonio, “ya no serán dos, sino que ahora serán uno solo”. Así que en adelante deberán mantener su mirada puesta en un mismo horizonte, uniformar sus emociones, hacer coincidir sus necesidades espirituales, equipararse intelectualmente para que no surjan los cuestionamientos, estar de acuerdo en el manejo de las finanzas y en cualquier otro aspecto, por tanto, la pareja se verá convertida en un todo amorfo, que mezclará los tintes dominantes por lo general del varón, con las frustraciones que conllevan la sumisión de la mujer, la pérdida de su voluntad y la anulación de su ser.

Lo más triste es que todo esto ocurre de tal forma que ni siquiera es planeado, consciente y racional. Se va presentando de una forma cotidiana, cuando el nivel de enamoramiento es tal, que nos encontramos totalmente sumergidos en una intencionalidad de agradar, de satisfacer el menor de los caprichos de la persona amada. Nuestras atenciones, sin embargo, con el pasar del tiempo se transformarán en obligaciones, una carga difícil de cumplir, sobre todo cuando el desengaño empieza aflorar y descubrimos ante nosotros un ser humano de carne y hueso, lleno de defectos que no supimos o no quisimos ver, pero que de pronto han venido a reemplazar todos aquellos encantos que ilusionados vimos en su personalidad.

¿De qué manera empezar a poner límites con nuestra pareja, cuando maneja hasta las claves de nuestras redes sociales o de nuestro móvil?, cuando revisa nuestros correos y supervisa nuestros contactos, como hacer que se respete nuestra dignidad, ¿cómo establecer nuestro derecho a pensar y a sentir deferente sin que se nos acuse de lloronas o manipuladoras?, ¿cómo defender nuestra forma de vestir, de maquillarnos?; ¿cómo no renunciar a nuestra identidad, a nuestros gustos, a nuestros sueños?

Siempre he sostenido que las relaciones de pareja deberían seguir el trazo de las líneas del ferrocarril, siempre juntas, siguiendo la misma ruta, manteniendo un destino en común, pero nunca atravesándose la una a la otra. Creo que una pareja es una sociedad de dos personas con identidad propia, con una formación y una educación que deviene de las familias que los vio nacer, sin nada que los una hasta antes de conocerse, más que el noble sentimiento que surge entre ellos. Cada uno con sus aprendizajes, sus enseñanzas y sus niveles de instrucción académica. Con sus miedos y sus limitaciones. Sus costumbres y sus tradiciones. Dos seres humanos distintos, tratando de encontrar el modo de transitar el resto de sus vidas uno al lado del otro.

Como hacer entonces para que en el caminar no se trastoquen las individualidades, como hacer compatible lo que en apariencia se presentan como diferencias difíciles de resolver. Como hacer para pensar y comprender al otro, sin pasar por transformarlo en lo que yo necesito, sin controlarlo, sin obligarle a que encaje en mi proyecto, en mi esquema, en mi forma de hacer, presionando cada día para que renuncie a su ser, poniéndole a mi servicio, manipulando sus necesidades emocionales para doblegarle, y convertirle en una prolongación de mí mismo.

Habrá alguna forma sana de relacionarnos sin hacernos daño, sin intentar aniquilar el uno al otro, sin el egoísmo que nos hace poner en primer término la satisfacción de nuestras necesidades, sacrificando en muchas ocasiones las de nuestra pareja, intentando demostrar que somos los mejores y que siempre tenemos la razón.

Estoy convencida que el matrimonio es un trabajo de equipo, donde se requieren las cualidades diferenciadas de cada uno de sus miembros, para que aporten lo mejor de sí, con solidaridad, con empatía y con ganas de apoyarse para alcanzar el mayor de los objetivos, que es el de formar una familia estable y funcional. No se vale traer al interior de la relación el sentido de competencia que todo lo destruye.

Aprendamos a enriquecernos de nuestras diferencias, aprovechemos nuestras capacidades, suplamos con sus habilidades nuestras debilidades, seamos empáticos para tratar de entender el efecto de nuestras palabras, el daño de nuestras acciones. Respetemos el derecho de ser, de pensar, de sentir de quien ha entregado lo mejor de su vida por permanecer a nuestro lado.

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