El ser madres nos obliga a atender un sinfín de oficios y profesiones, de igual manera somos cocineras que enfermeras, psicólogas o choferes; algunos nos surgen espontáneos, otros los hacemos por intuición, por instinto, porque desgraciadamente en esto de ser padres no hay nadie que nos instruya. 

Si me preguntan cuál fue la parte que me costó más trabajo aprender, yo les diría que lo referente a ser autoridad.  Siempre fui rebelde, desde niña cuestioné en su momento, las maneras de ejercer la autoridad en casa y más tarde en la organización social.  Nunca me convenció eso de que “haces esto porque lo digo yo”, y “tienes que hacerlo como yo te digo”. Amaba sentirme libre. Tener la opción de decidir. De pensar en las alternativas para hacer lo que se me pedía, después de razonar desde mi punto de vista, si era o no conveniente hacerlo y hacerlo de la forma en que se me exigía, sobre todo si veía que el resultado podría mejorarse. 

Tal vez lo que más cuestionaba era que se me quisiera sujetar irrestrictamente a la voluntad del que daba una orden, más cuando aseguraba que “las órdenes se acatan, no se discuten”, anulando cualquier posibilidad de diálogo y negociación que me permitiera expresar mis puntos de vista. Creo que, como todo, también el ejercer la autoridad ha ido evolucionando, como resultado del cambio en la mentalidad de la juventud. Incluso se habla de que ahora la autoridad la ejercen los hijos sobre los padres.  

Recuerdo un libro que me impresionó mucho: “Padres obedientes, hijos tiranos” de Evelyn Prado De Amaya, donde narra como se pasó al extremo de dejar atrás la experiencia de haber sido educados de forma estricta, castrante, a buscar ser amigos de los hijos, dándoles una educación permisible, donde los progenitores pasaron a estar al servicio de sus vástagos, quienes se caracterizan como individuos apáticos, egoístas, exigentes, representantes de una generación del mínimo esfuerzo, que no aceptan imposiciones, acostumbrados a que tienen el mundo a un “click”. 

¿Cómo encontrar el equilibrio en estas dos posturas? Yo recuerdo que siempre tuve presente que estaba formando un adulto y que le debía enseñar a responder como tal ante cualquier problema, por pequeñito que fuera, no quería prepararlos para obedecer ciegamente, sino que intentaran encontrar alternativas por iniciativa propia, que tomaran parte de la solución.  Dialogando y motivando, nunca imponiendo o limitando sus respuestas. Si les daba una orden y la cuestionaban, les decía ok, hazlo como quieras, pero hazlo.  

Sin duda esa imagen de autoridad que aprendemos de niños nos acompaña por el resto de nuestra vida y hoy me sigo cuestionando, ¿Hasta dónde realmente las órdenes se acatan y no se discuten, se asumen y se realizan? ¿Como evitar formar hombres y mujeres carentes de iniciativa propia que no saben qué hacer, ni cómo hacerlo, sino reciben instrucciones precisas? ¿En qué momento perdemos el control de nuestra voluntad y cedemos a los caprichos de quien ejerce poder, que no la autoridad, para ganarnos su aprobación?  

Es necesario desarrollar nuestro sentido común, nuestros juicios de valor y cuestionar los objetivos de la autoridad.  Analizar detenidamente, cual es el fin que vamos apoyar, en que vamos a encauzar nuestros esfuerzos, y si estamos de acuerdo con la meta que buscamos alcanzar. Seguir las reglas ciegamente de quien ejerce poder con la intención de controlar y someter, sin cuestionar las implicaciones que conllevan, sin asumir responsabilidades solo porque se nos ordena, anula nuestra capacidad de discernimiento. Es la manifestación de nuestra rendición total. Nos ponemos en condición de sobrevivencia. 

Pero no se vale quedarnos solo en el cuestionamiento, en el no estar de acuerdo sin fundamento, en rebelarnos solo por llevar la contraria. Seamos activos y propositivos. Si rompemos la rutina de aceptar sin conceder y terminar haciendo por hacer, aportamos lo mejor de nosotros como alternativas de solución. Aprendemos a desarrollar habilidades de negociación y a pedir sin exigir. Si continuamos aceptando sumisos las instrucciones y respondemos como autómatas a una programación computarizada, perderemos la capacidad de razonar, y de transformar nuestro entorno. 

No cabe duda que la autoridad se gana con respeto y empatía, cuando la búsqueda de propósitos suma voluntades; implica liderazgo y capacidad para desarrollar talentos, e influir en los demás para motivarlos a trabajar en equipo, sin imponer la voluntad de uno sobre los otros, de otra manera no es más que el sometimiento total, la deshumanización de las personas ante quien ejerce el poder, que no la autoridad. 

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