Ah cómo extraño el sentido del humor a nuestro alrededor, tan necesario ahora que nos han obligado al confinamiento. De pronto todos hemos dejado de sonreír, estresados como estamos en medio de algo jamás conocido. Los rostros que día a día encontramos a nuestro paso, medio cubiertos, solo nos muestran unos ojos angustiados, a lo sumo inexpresivos, distantes, que nos muestran ya los efectos de la sana distancia. 

Recuerdo con mucha nostalgia la presencia de mi padre que, sin importar su historia de vida, nunca perdió el sentido del humor. Era un gusto conversar con él. Niños y ancianos lo seguían para pasar un buen rato con su amena charla, plena de colorido que narraba historietas y en muchas ocasiones incluía bromas que arrancaban carcajadas en sus escuchas. Amado y respetado por quienes lo vimos envejecer. Un hombre que supo lo que era el respeto por sí mismo y ser grande en su humildad para llenar de alegría a todos los que coincidíamos con él. 

No cabe duda que quienes tienen la capacidad de hacer reír, sin faltar al respeto, ni bromear a costa de otros, nos hacen más fácil el camino. Cuando se ríe uno con otro se crea un vínculo positivo entre los dos. Esta unión actúa como un amortiguador contra el estrés, los desacuerdos, las decepciones y los roces negativos que se van acumulando en una relación. 

Ángel R. Idígoras nos dice, que «El humor no necesariamente ha de llevar a la risa, ni a la sonrisa siquiera, el humor cumple con su tarea ‘solo’ con mostrarnos que pueden verse las cosas de formas muy diferentes a las acostumbradas, porque si algo logra el humor es separarnos de lo rutinario». 

El tema del incremento a la violencia intrafamiliar, cada vez es más frecuente en los medios de comunicación y entre amigos. Contrario a lo que pudiera esperarse, la convivencia en los espacios íntimos ha generado más conflictos que reencuentros. 

Cuán necesaria se hace la cortesía y la consideración, pero sobre todo el respeto para quien está a nuestro lado, viviendo de igual manera, esta situación estresante que reclama toda nuestra empatía, no para encerrarnos en nosotros mismos, sino para apoyarle en medio de este túnel que parece no tener fin y que pone a prueba nuestra resistencia. 

Reencontrarnos con nuestra pareja, volver a vernos a los ojos y obligarnos a conversar, acercarnos a nuestros hijos y restablecer los canales de comunicación, no hubiera sido posible si aún continuáramos metidos en un ritmo de vida tan acelerado como el que teníamos justo antes de empezar esta pandemia. 

Sometidos bajo presión se ha hecho presente la parte más negativa de nuestro carácter. El reto es reconocerla, asumirla y transformarla. Es momento de reflexionar en la importancia que tiene la familia en nuestras vidas y hasta donde estamos dispuestos a luchar por conservarla. 

Una sonrisa abre la puerta a nuestro interior. Es una invitación a entrar. A un acercamiento de corazón a corazón. Hemos bajado nuestras armas dispuestos a dialogar.  

Al sonreírle a una persona le estamos diciendo que nos gusta que comparta nuestro espacio, que disfrutamos su compañía. Es como decirle que no está solo, que estamos dispuestos a compartir nuestra cercanía y a la vez, al ser correspondidos con una sonrisa como respuesta, reconocer que juntos todo es más fácil. 

La magia de una sonrisa echa por tierra el ánimo de pelear. Tiende puentes a la comunicación afectiva. Es parte de una sensación de bienestar, capaz de transmitir paz y confianza, haciendo que el otro por un momento olvide el mal rato e inconscientemente, sonría. 

Reflexionar hasta dónde hemos relegado nuestros momentos de convivencia familiar por darle prioridad a los amigos o al trabajo. Hasta dónde hemos abandonado nuestros seres queridos y olvidado los detalles que hacían más agradable nuestra convivencia, es urgente y necesario. 

Ahora nos volvemos a encontrar. Quizás nos veamos como desconocidos pese a tener una vida en común de muchos, muchos años. Tomemos el reto de volverlo a intentar, sobre todo si a nuestro alrededor hay hijos pequeños que reclaman de nuestra responsabilidad y compromiso.  

Busquemos los recursos que nos hagan relajarnos al final del día. Una película o videos que nos hagan llorar de risa. Hagamos una tregua y refugiémonos en lo que más queremos, en lo que le da sentido a nuestra existencia. 

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