Cuando las noticias del rebrote del Covid-19 se generaliza a nivel mundial, veo como las ciudades vuelven a cerrar las puertas de sus comercios, cancelan vuelos y regresa el silencio a sus calles que lucen vacías. Muchas de ellas habían apostado su crecimiento a todo lo relacionado con el turismo, hoteles, restaurantes, recorridos por sus lugares más atractivos; sin embargo, hoy de nuevo todo queda en suspenso, sumergidos en la incertidumbre, a la espera de que se confirme la utilidad de una vacuna que ponga fin a esta pesadilla. 

Al cumplirse un año de la presencia del primer caso, en Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en China, considerada la zona cero” del coronavirus (COVID-19), muchos nos preguntamos cómo hemos sobrevivido después de ver caer a personas cada vez más cercanas. Ya huele a Navidad y, nada es igual.  

El ritmo de vida de quienes habitamos este planeta se ha transformado completamente. No hay regla. La zozobra es generalizada. Todo apunta que cualquiera puede ser contagiado. Primero aseguraban que eran las personas adultas y con enfermedades crónicas las más afectadas, y en el transcurrir de los días, los informes indican que se están yendo niños, jóvenes, adultos jóvenes y adultos mayores por igual y aún aquéllos que en apariencia gozaban de cabal salud. 

Aun cuando cada vez son más estrictas las medidas impuestas tratando de contener el rebrote, como toques de queda, multas, infinidad de limitaciones a la circulación de vehículos, medios de transporte colectivo, campañas publicitarias más agresivas, buscando hacer conciencia en la población de la necesidad de permanecer más tiempo en casa, de evitar la movilidad y la coincidencia en lugares públicos, sin dejar de lado el uso obligatorio del tapabocas, la ocupación hospitalaria con camas Covid va en aumento. 

Muchos se han resistido a creer y no han respetado las medidas de seguridad. Se han negado sistemáticamente a algún tipo de confinamiento y desafiado el distanciamiento social, organizando fiestas y reuniones, eventos y competencias y asistido a centros turísticos principalmente donde hay playas y, qué decir de las grandes corporaciones, que han continuado con su actividad económica poniendo en riesgo a sus trabajadores. 

Pareciera que para un sector de la población todo es insuficiente. Las imágenes de los principales centros turísticos de México, difundidas recientemente por los medios de comunicación, nos muestran aglomeraciones de personas que ni guardan la sana distancia, ni usan el tapabocas, mostrando un total desprecio por los esfuerzos del gobierno y de los miles de médicos y enfermeras que están en el frente, arriesgando la vida, por atender a quienes luchan por sobrevivir a los horrores de esta enfermedad. 

Las cifras son escalofriantes. A la fecha suman más de 55 millones de contagios y un millón 300 mil muertes en todo el mundo; en México, más de un millón de contagiados y cerca de 100 mil fallecidos.  

Lo cuestionable de estas conductas antisociales son las inevitables consecuencias que habrán de presentarse en los siguientes días. La posibilidad de un aumento en los contagios es inminente. Hemos visto en países de Europa que abrieron sus centros turísticos, el incremento acelerado de casos, obligándolos a contraer de nuevo todas sus actividades económicas y a reforzar sus capacidades en el área de atención a enfermos. 

Más vale aprender en cabeza ajena. Cerrar los ojos y hacer como que no pasa nada, nos conduce a complicar más el problema. Lo que de momento nos parece lejano, es muy posible que se presente en nuestra propia casa, con lo seres que más amamos. Tomemos conciencia. Ya somos el cuarto país del mundo con más personas fallecidas por COVID-19. 

Hasta el día de hoy los esfuerzos del gobierno se han centrado en garantizar los servicios médicos para todos los enfermos. Es recomendable apoyar en todo lo que cabe esta labor, para evitar escenarios como los que se presentaron en el inicio de la pandemia, en países europeos como Italia y España, donde los hospitales eran insuficientes y tenían camas con enfermos a la intemperie en los estacionamientos de los nosocomios. 

Si queremos tener acceso a una atención médica suficiente, de calidad y calidez humana, empecemos por hacernos responsables de las consecuencias de nuestros actos. Todos los días escuchamos las mismas recomendaciones. Ya las conocemos de memoria. No juguemos a la ruleta rusa, en una de esas nos toca. 

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