Tener un espacio propio donde refugiarme en silencio, a reflexionar, fue algo que me ayudó mucho a gestionar mis emociones y a establecer un diálogo interno, a escuchar la voz de los pensamientos que daban luz a mi mundo casi adolescente. Había un momento en el día, en que me separaba de los juegos y del ruido de la convivencia con mis hermanos y amigos, para buscar un libro y, encerrarme en mi recámara a leer y dejar volar mi imaginación por mundos distantes. 

A veces solo escuchaba música y escribía en mi diario las experiencias del día; tranquila, intentaba identificar los sonidos que había en el ambiente que me rodeaba. Cerraba los ojos y empezaba a registrar en mi mente los diversos escenarios que se sucedían en distintas áreas de la casa. 

El ambiente en la cocina siempre era festivo, lleno de bromas y risas. Mamá y mis hermanas mayores, eran las encargadas de atender lo relacionado con los alimentos del día. Una, limpiaba el entorno, mientras otra, empezaba a preparar la masa para hacer las tortillas, otra más, ayudaba a picar la cebolla, los jitomates o lo que fuera necesario para acompañar los guisos que mamá elegía como parte del menú. El jolgorio llegaba hasta el otro extremo del jardín, que lucía lleno de rosas de muchos matices de colores, un sinfín de geranios y helechos. 

Me gustaba estar sola. Disfrutaba mucho de ese tiempo y de ese espacio. Me ayudaba a encontrarme y acomodar mis emociones, sobre todo cuando me conflictuaba con alguna de mis hermanas o con mi madre. Me aislaba; ese ambiente me confortaba y, después de un rato, todo volvía a encontrar sentido, recobraba las ganas de continuar jugando o de cumplir con las tareas pendientes. 

Aprendí a estar conmigo misma. A tomar conciencia de lo que me lastimaba, a encausar mis enojos y a resolver de la mejor manera lo que me perturbaba, pero sobre todo establecí las bases de lo que ahora me permite disfrutar, de este tiempo libre, que me ha quedado después de que mis hijos han emprendido su propio camino. 

Me gusta tener mi refugio. El silencio de mis amaneceres y el canto de los pájaros; la paz de mi rostro reflejado en el espejo cada mañana, lista para continuar con mi agenda. Este tiempo sin prisas, que me pertenece y me motiva a dibujar nuevos horizontes en mi entorno. Que me permite poner en primer lugar mis necesidades sobre las de los demás, sin egoísmo o remordimiento y visualizar mi siembra, que promete gran cosecha, con agradecimiento y satisfacción. 

Ahora vuelvo a hacer planes personales. Dispongo de cada minuto de mi día. Tomo conciencia del aquí y ahora y trato de sentir al máximo, de construir los puentes necesarios para restaurar heridas, de vaciar el alma y empezar a diario, de viajar ligera, de mantener contacto con los que están conmigo y de los que están lejos, pero muy dentro, sin mayor ánimo que verlos crecer, hacer su esfuerzo, de respetar sus sueños y de compartir sus ilusiones. 

Es momento de relevos. De dejar hacer. De reaprender muchas cosas que me exigen estar actualizada y mantenerme atenta al diario acontecer. De trabajar nuevos proyectos y de enfocarme en alcanzar todo aquello que aún queda en el tintero. Viene a mi memoria aquella película protagonizada por dos grandes actores, Jack Nicholson y Morgan Freeman, titulada en español “Antes de partir”, que narra la historia de dos enfermos terminales de cáncer, que deciden dedicar lo que les queda de vida, a completar una lista de cosas, que siempre desearon hacer antes de morir. Una inspiración.  

Estoy revisando a detalle aquellos sueños que hilvané de niña y que se han ido quedado rezagados por falta de oportunidades o, de tiempo y enfoque. Es momento de actualizar mi lista; viajaré, ilusionada, por lugares soñados; leeré, muchos de los libros que se han ido quedando en mi buró, asistiré al teatro, a disfrutar de una pieza de ópera, descalza, caminaré por la arena suave de una playa y terminaré de hacer las cosas que me permitirán trascender. 

El poeta cubano José Martí, decía que “hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Ya planté un árbol que, luce majestuoso en el patio trasero de mi casa; gracias a Dios, me regaló no uno, sino tres hijos maravillosos y, si me conserva con vida, el próximo año editaré un libro. 

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