He de confesar que, gracias a Dios, dormir para mí no es un problema. Desde pequeña he sido muy dormilona. Con solo sentir el calor de mi almohada, es cuestión de algunos minutos para que esté profundamente dormida, lo que en algunas ocasiones ha generado comentarios chuscos, como “tú no te duermes, te mueres”. No padezco de insomnio, ni de pesadillas, si por excepción he pasado una o varias noches sin dormir, ha sido por exceso de trabajo o por alguna preocupación que me obligó a permanecer despierta, tratando de encontrar soluciones a media noche, analizando la voz de mi conciencia, en medio del silencio.  

Hace unos días me llamó la atención un documental de la televisora alemana DW, titulado “Cómo dormir bien por la noche”, que hacía referencia al sueño como una parte esencial de la vida, afirmando que, si los humanos y los animales no duermen, mueren, y en el menor de los casos, se pierde el equilibrio físico y emocional, reduciendo la calidad de vida.  

Actualmente el insomnio es un problema común en todas las edades; 10 por ciento de la población adulta mundial sufre de trastornos del sueño, en tanto que los jóvenes, se van a descansar cada vez más tarde y la mitad de ellos, sufre una grave falta de sueño, aún antes de llegar a la edad adulta.  

 Ya no es como antaño, cuando dedicábamos parte de esos minutos previos a la llegada del sueño, para reflexionar y acomodar las cosas que quedaban pendientes. Las condiciones de vida en el siglo XXI restringen cada vez más los horarios del sueño y los niveles de estrés cotidiano, la calidad del mismo.  

Dormir es algo más que el simple hecho de cerrar los ojos, es una necesidad vital, insustituible para la realización de un sinfín de funciones bioquímicas de nuestro cuerpo, tan indispensable como la alimentación y el ejercicio.  

Según los especialistas del tema, durante la noche, la frecuencia cardíaca y respiratoria, además de la presión arterial, suben y bajan, lo que ayuda en la salud cardiovascular, sin dejar de mencionar que cuando el cuerpo está en un nivel de sueño profundo, libera hormonas que nos ayudan a reparar las células y a controlar el uso de la energía, además de producirse un mecanismo de limpieza en nuestro cerebro, eliminando toxinas a través del torrente sanguíneo que va a parar al hígado.  

Aseguran que una persona que no logra descansar en la noche con un sueño tranquilo y reparador, normalmente durante el día se le ve malhumorada, torpe y cansada; sino duerme bien durante dos noches seguidas, ya presentará problemas para razonar, y tomar decisiones rápidas, lo que se evidenciará en su desempeño laboral, pudiendo incluso ocasionar accidentes. Cada día que se suma, el estrés, la ansiedad, la somnolencia diurna y el cansancio, reducirán la capacidad para concentrarse y ocasionará una falta de reflejos, y confusión mental.  

Todo apunta a reducir las horas y la calidad del sueño. El reloj biológico que era regulado por la luz solar, ha dejado de ser el punto de referencia para definir el horario de irnos a dormir, y por otra parte la televisión y sus programas nocturnos, se ha convertido en la gran intrusa en nuestra recámara, invadiendo nuestro espacio y nuestro tiempo para el descanso.  

Y qué decir de las nuevas tecnologías dotadas de luz azul que estimula nuestro cerebro como los celulares, tablets o computadoras, que en muchas ocasiones llevamos hasta la cama con el fin de provocarnos el sueño y lo cierto es que terminamos hasta altas horas de la noche en vigilia, entretenidos con algo que de pronto nos despertó el interés y perdemos la noción del tiempo.  

Cada vez aparecen nuevas plataformas con series que se transmiten a altas horas de la noche y al igual que los partidos de futbol nocturnos, estimulan la adrenalina haciendo que permanezcamos despiertos por más tiempo.   

Dicen que el sueño es la mitad de la vida, así de importante; se recomienda para tener un sueño profundo y reparador, dormir sin luz, sin ruido y sin sobresaltos. Amado Nervo, el poeta nayarita escribió “quienes piden lógica a la vida se olvidan de que es un sueño. Los sueños no tienen lógica, ¿vale acaso la pena haber vivido, para encontrar, después de tantas cosas que, sin duda, las horas más hermosas son las que hemos dormido? Yo he vivido porque he soñado mucho”.   

Yo también.  

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