De pronto surgen en mi los ecos de una lucha feminista que se revela contra la tradición machista, que trata de romper el pacto patriarcal y que exige acabar con los paradigmas que antaño han definido los roles que la sociedad ha asignado a cada ser humano de acuerdo a su género. 

La mujer pugna porque se le reconozca su capacidad de trabajo, de iniciativa y de creatividad; su carácter y fortaleza, inteligencia y competitividad, su esfuerzo y tesón por superarse y ocupar posiciones reservadas exclusivamente para el hombre, porque se le respete y se le reconozca como proveedora y generadora de riqueza. 

Por romper el sometimiento y la sumisión, por un mundo de igualdad de oportunidades, sin discriminación, libre de prejuicios y sobre todo sin violencia de género. Por acabar con la desigualdad salarial y por abrir espacios en todas las áreas del quehacer humano, teniendo acceso a altos cargos de dirección sin más límite que su propia capacidad y sin que por eso se relegue su feminidad. 

Y, por otro lado, también el hombre empieza a cuestionarse su papel histórico y su rol en la sociedad, y trata de romper la disonancia que ha existido entre lo que se espera de él y lo que en realidad piensa o siente. 

Reclama el derecho a reencauzar su virilidad de tal manera que le permita expresar sus emociones, ser sensible y manifestar sus miedos, dejar atrás ese papel de protector y proveedor exclusivo que para todo tiene respuesta, sin temor a ser calificado como afeminado. Integrar esa parte de su personalidad en un todo, donde se mezclen muchas de las características que fueron asignadas a la mujer y prohibidas al hombre, y que reconoce anidan en él. 

Permitirse ser tierno, acercarse a sus hijos y atenderlos, cuidarlos y acompañar de cerca su crecimiento; compartir con la mujer la responsabilidad de proveer lo necesario y apoyar en las tareas del hogar, tolerar sus momentos de fragilidad y duda, sin que su masculinidad sea cuestionada o menospreciada. 

Percibo en la sociedad un esfuerzo por romper con los estereotipos impuestos tradicionalmente para el hombre y la mujer, una búsqueda de nuevas formas, que permitan su derecho a manifestar cada uno, emociones y sentimientos limitados por la cultura de género.  

Tanto la mujer como el hombre evolucionan, y exigen apertura a una sociedad conservadora que se resiste al cambio. Hacen manifiestas sus necesidades por dejar de representar modelos preasignados por un esquema que limita el desarrollo pleno de sus capacidades físicas y emocionales. 

Es grande el esfuerzo y el debate se recrudece allá afuera. Nada ha sido fácil y el camino recorrido ha dejado muchas heridas abiertas. Ha evidenciado la necesidad urgente de escuchar y atender las demandas de equidad de género.  

Sin embargo, creo que es en el hogar, en la familia donde puede darse un nuevo aprendizaje en la redefinición del ser humano, más allá de sus características físicas y biológicas que establecen su género. 

Es aquí donde los hombres y mujeres del futuro pueden, con el ejemplo de sus padres, asimilar la importancia de trabajar en equipo, sin competencia o egoísmo, sin el ánimo de minimizar el trabajo del otro y sin hacer comparaciones o menospreciando a la mujer o al hombre. 

Donde realmente se puede modificar y en su caso eliminar expresiones tan triviales como “los hombres no lloran”, “deja de comportarte como marimacha” o simplemente de asignar el rosa para las chicas y el azul para los varones, y empezar por universalizar todo lo que nos rodea y establecer el respeto a nuestras diferencias, resaltando lo valioso de cada uno, dignificando al ser humano. 

Si entendemos que el feminismo no va contra el hombre, sino contra la desigualdad y la injusticia que priva en las relaciones humanas; que a diario es manifiesto el acoso y violencia contra las mujeres y el aumento en los llamados feminicidios nos lo demuestra, no podemos menos que ser solidarios con su lucha, incluso podemos afirmar que también es del interés de los varones participar en esta transformación social. 

Decía Gregorio Marañón, “no son los dos sexos superiores o inferiores el uno al otro. Son, simplemente, distintos”, y yo agregaría y complementarios, pero en derechos y obligaciones no debería existir ningún tipo de discriminación, sino el respeto por nuestras diferencias y el derecho a manifestarlas y a vivir acorde con ellas.