Las mesas receptoras, en las cuales depositarán sus papeletas electorales los ciudadanos tamaulipecos este cinco de junio, serán aproximadamente cinco mil. Es decir: todo candidato y todo partido participante en los comicios que transcurren, tendrían que asegurar, cinco mil representantes de casilla con un suplente –es decir: diez mil defensores del voto– más un representante general –permite la ley, uno por cada 10 casilleros– o sea: 500 titulares más sus respectivos suplentes.
Es decir: la estructura para vigilar que el voto, no se evapore, se tergiverse o se manipule, andará por los seis mil correligionarios de los candidatos, para poder tener en sus manos a eso de las 6 de la tarde, números cuasi oficiales de quién ganó y quiénes perdieron la gubernatura.
Muchos dirán que es una cifra manejable.
Y de hecho lo es.
Sólo que la realidad, la maldita realidad, es terca: desde que Tamaulipas tiene organismos electorales llamados ciudadanizados –circunstancia cuestionable–, y desde que la oposición es oposición, nadie ha logrado cubrir el 100 por ciento de casillas con vigilantes afines. A lo mejor, es una exageración: creo que ni el PRI –aún siendo el partido hegemónico– ha realizado esa hazaña. (Para ser honestos no lo necesitaba: los funcionarios de la mesa directiva de las mesas, fueron mucho tiempo leales al institucional; incluyendo, los comités electorales).
Se infiere: partido que tiene el gobierno, posee cierta ventaja; y puede darse el lujo, de soslayar esa que es una obligación para la oposición.
Los candidatos y partidos opositores en Tamaulipas, tienen un monumental reto. Las ventajas que puedan dar las encuestas, pueden volatilizarse ante una operación eficaz para inhibir el voto e inmovilizar a los casilleros.
¿Ejemplos?
El 2006 AMLO encabezó encuestas desde el inicio de la campaña contra Felipe Calderón. Al final, el candidato panista ganó con un poco más de medio por ciento de ventaja. Los seguidores tamaulipecos de López Obrador, apenas pudieron cubrir un 25 por ciento de las casillas. (Eso sí: cobraron como si hubieran puesto a morenistas en la totalidad de las casillas).
Con el gobernador priista Eugenio Hernández Flores a la cabeza de la elección, el PAN hizo polvo al tabasqueño en esta región.
Otro evento más ilustrativo, de lo que puede venir en la comarca: en el 2016, Delfina Gómez, terminó la campaña por el gobierno del estado de México contra el PRI y su candidato, Alfredo del Mazo, ligeramente arriba de las preferencias ciudadanas.
Del Mazo ganó cerradamente, pero ganó.
¿Cuál fue el secreto?
Algo inesperado; patéticamente asombroso: centenares de representantes de casilla de MORENA, no asistieron a cumplir su tarea
Se supo días más tarde, que habían recibido 20 mil pesos por cabeza, para ausentarse de los comicios.
¿Es sencillo, cubrir con correligionarios los seis mil espacios para tener ojos y oídos en las mesas receptoras de votos en el estado que se disputan Américo Villarreal Anaya y el Truco Verástegui?
MORENA, optimista, dice que sí.
Al PAN, ni para qué preguntarle.
Probablemente, los expertos electorales dirán que tienen todo bajo control.
Ojalá.
Como decía Gonzalo N. Santos, cuando alguien lloraba en la derrota:
–El que es gavilán, no chilla…

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