A partir de la alternancia en el poder Ejecutivo federal –fechada con el arribo del PAN y Vicente Fox Quesada a la presidencia de la república en el 2000–, Tamaulipas empezó a vivir tiempos de incertidumbres y de novedades en su sistema político. Por una parte, el gobernador del estado –Tomás Yarrington, inauguró esa nueva relación– no tuvo un aliado partidista en el centro; por la otra, transformó en virreyes a los Ejecutivos estatales: en la paradoja de perder soporte nacional, ganaron poder político al erigirse como un monolítico poder regional.
Ese fenómeno, bien pudiera describirse con una palabra: diacronía.
Tal convivencia, resultó sencilla: el PRI poseía la mayoría de gobernadores el país, lo que lo convertía en una fuerza indispensable para la gobernabilidad; alimentaba ese sonriente paisaje sociopolítico, una protagónica Izquierda que asustaba a la derecha y a buena parte de las élites mexicanas.
El resultado: el país, se movió a la sombra del conservadurismo para frenar a un frente progresista en expansión.
No hubo un gran apoyo de Fox a la entidad en cuanto a programas de inversión para el crecimiento y desarrollo socio-económicos, pero no obstruyó a la administración yarringtoniana.
El matamorense, sin turbulencias, decidió postular –mediante instrumentos legitimadores, como su partido y otras instituciones– a Eugenio Hernández Flores. Con un presidente Fox, atareado en otros menesteres y un panismo tamaulipeco, en estado larvario, el candidato del priismo en el poder, arrasó en la elección.
A Hernández Flores, le tocó lidiar con Felipe Calderón como presidente. Le fue bien al empresario: su viejo pensamiento azul afloró de inmediato, coincidiendo en varios proyectos del calderonismo: operaría para hacer ganar en Tamaulipas, a un Calderón candidato, que ganaría tan fraudulenta como lastimeramente la presidencia.
Igual que a Tomás, a Geño no le fue mal con el presidente panista.
No hubo, grandes obras para la entidad; hubo, sí, libertad para gobernar la región incluyendo excesos –de todo tipo– que el gobernador practicó con cierta complicidad del gobierno federal.
El victorense, sin un sólo cuestionamiento, lanzó como candidato a su delfín: Rodolfo Torre Cantú. A su desaparición, salió en sustitución de él, su hermano Egidio. Ganó sin problemas, una elección que su fraterno había ganado a días de iniciada la campaña.
Egidio, ni quiso ni pudo, dejar un heredero priista.
Calderón lo manipuló para desarticular al PRI regional, al acusarlo de ser el responsable de la muerte de Rodolfo. Abonó así, entre otros factores, para facilitar el triunfo del PAN con Francisco García Cabeza de Vaca.
El reynosense, sufriría los latigazos del traslape de poderes: cogobernaría con el priista Enrique Peña Nieto y luego, con Andrés Manuel López Obrador.
Cabeza de Vaca, ha sentido con mayores enconos ese efecto de la diacronía: desencuentros ácidos y confrontaciones estridentes.
De Fox a AMLO, se puede decir: a Tamaulipas, no le ha ido tan favorablemente, como para festejar.
En mucho, eso ha sido generado por los perniciosos efectos de la ausencia de sincronía –y la falta de sensibilidad política– en los cronómetros de gobierno.
Más de veinte años, duro esa maldición.
Con Américo Villarreal Anaya –gobernador electo–, se vuelven a ensamblar las marchas de las maquinarias gubernamentales.
MORENA aquí y MORENA allá.
Existen todas las condiciones, para que la IV T conduzca en la comarca, el mejor gobierno del presente siglo.
Ahí está, la posibilidad; falta la instrumentación.
Sin olvidar, la didáctica social de la nueva ciudadanía tamaulipeca: el voto, es la nueva expresión del poder popular.

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