Aquellos

Si a usted le gustan los cuentos, entonces aquí tiene una opción, le advierto que no es un cuento de hadas con final feliz, sino por el contrario, es una historia perturbadora y temeraria que pasó allá en Tamaulipas hace muchos ayeres, parte de una ficción literaria que rodea a un hombre llamado Don Alejo Garza. No sé si así sucedieron las cosas, solo es una forma de narrarla desde mi imaginación.

Este cuento titulado Comanche forma parte de 14 historias publicadas en el libro Aquellos: Narcocuentos mexicanos, disponible en Amazon, y se publicará en NDL Noticias en seis entregas dominicales. Léalo bajo su propio riesgo.

Comanche

Si antes digan que salí vivo de aquel desgarriate. No sé ni cómo chingados es que ando aquí dándoles santo y seña del desmadre que se armó ese domingo en el Rancho San José. Hoy hace un año. Recuerdo que un día antes me había reunido con el Jabalí, el jefe de sicarios que quería que le informara de los movimientos que andaban haciendo los judiciales en mi colonia. Nos vimos en uno de esos congales mugrientos del bulevar, allá rumbo a las vías. Bien podía guardarme el secreto, dos de esos placas eran mis primos, hijos de la tía Lupe, la que me bautizó. Pero para mí era más importante cumplirle al Jabalí, el bato era buen rollo y le estaba bien agradecido por haberme dado el jale de Comanche –halcón– cuando más lo necesitaba. Le reporté todo y en caliente los mandó levantar esa misma noche.

Me paré de la mesa, intenté despedirme. El estúpido flasheo multicolor del antro y las cumbias con teclado me tenían mareado. ¿Llevas mucha prisa o qué, pinche Fito?, hoy es tu día libre, quédate, vamos a echarnos unas chelas y perico, me ordenó. Le di por la suave, me arrané de nuevo en contra de mi voluntad, estaba cansado y solo pensaba en irme a dormir. Ya no supe ni cómo fue que empezó a cotorrearme de un encargo que le había dado el mero jefazo, andaba bien entusiasmado el güey. Mañana iremos a Padilla a sacar a un viejillo de su rancho, llevaré al notario del patrón pa´que firme todo, va a estar papita, dijo. No le puse mucha atención que digamos, más bien le di el avión: ¡ah!, suena bien vergas. Yo creo que pensó que se lo decía en serio. Pos si te suena tan vergas entonces deberías venir a ver cómo se hacen estos negocios, es un rancho de huevos que le gustó al jefazo, dos mil hectáreas que topan con la Presa Vicente Guerrero, hay chingos de ganado y un putazal de venados que vienen a cazar los gringos en diciembre. Lo escuchaba de perfil, estaba más ocupado en jalarle al talco y en tragar cerveza como si no hubiera mañana, necesitaba recargar las pilas para andar al tiro. Dos gordas en tanga bailaban muy cerca de nosotros: una me ofreció un privado, la otra quería una línea, las mandé a la mierda. Ya me prometió un cachito pegado a la carretera, siguió diciendo el Jabalí, mi vieja y las huercas van a montar un restaurant bien perrón, urge asegurar otra entrada de billetes a la casa. Hablaba sin parar, dándose de pericazos, frunciendo la nariz y torciendo la boca. Me entró la espina bien adentro, acepté la invitación. Así se habla, pinche Fito, paso por ti a las cinco de la mañana… Continuará.

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