Alarmantes las noticias de contagios en este mes de diciembre. Pareciera que ya no hay manera de contenernos en nuestros hogares. Lo mismo en Europa, Asia, o en América, los rebrotes están a la orden del día. La capacidad de aislamiento social del ser humano, ha llegado evidentemente, a su límite. Está demostrado que por naturaleza necesitamos la convivencia, la cercanía emocional entre nuestros congéneres, a riesgo de sufrir alguna enfermedad mental. 

La mayoría de las grandes ciudades se ven desbordadas. Cientos y miles de personas se amontonan en plazas y centros comerciales, sin las medidas de protección necesarias para evitar la pandemia. Según informan las autoridades sanitarias, los jóvenes son quienes más han resentido las consecuencias del confinamiento.  

Presentan síntomas de depresión y agresividad, e incluso ya se registran incrementos de suicidios en varios países europeos y asiáticos. Su necesidad de evasión es tal, que no se detienen a pensar en las consecuencias de sus salidas. Se asfixian en medio de espacios familiares, que no les ofrecen el confort de la convivencia superficial, de las conversaciones triviales e intrascendentes, que les permiten disfrutar del momento. 

Gimnasios, bares, cines, eventos públicos, todo permanece cerrado y, sin embargo, han encontrado la manera de evitar todas estas restricciones y empiezan a difundirse evidencias de fiestas clandestinas, con gran número de asistentes que conviven como si no pasara nada, bailan, se abrazan, beben y fuman en espacios estrechos y con escasa ventilación, que están sirviendo como focos de contagios masivos.  

Estamos siendo rebasados por toda la energía de estos jóvenes, que desde niños se acostumbraron a vivir la mayor parte del día fuera de casa, ya sea porque sus padres trabajaban y o porque desde pequeños asistieron a una multitud de actividades extraescolares. Lo cierto es, que fue realmente poco el tiempo en que aprendieron a estar en familia, en un espacio reducido, de ahí la urgente necesidad de regresar a su estilo de vida acostumbrado. Se niegan a continuar sometidos al distanciamiento de sus amigos, a la privación de sus reuniones sociales; ignoran el llamado a la cordura y a la responsabilidad de cuidarse y de cuidar a quienes los rodean.  

Los niveles de ansiedad y estrés dominan todas las esferas de su vida familiar y social. No saben estar en casa, en familia, ni consigo mismos. Todo su entorno pone a prueba su capacidad de resistencia, justo ahora cuando se avizora una luz al final del túnel. 

Cuando mis hijos eran pequeños todos los días había una sesión de cine. Una de las películas que más se repetía en la programación era la de Bambi. No recuerdo cuántas veces la vi, casi aprendí de memoria cada una de las secuencias de su temática. 

Pero ahora, con especial significado, traigo a mi memoria una escena donde un grupo de cazadores se acerca a la pradera en busca de su presa. Todos los animales tratan de escapar, y vemos como unas aves se esconden entre los matorrales, mientras a lo lejos se escuchan los disparos de las escopetas. Una de ellas, muy angustiada, nerviosa, a punto de la desesperación, trata de convencer a una de sus compañeras de que levanten el vuelo, de que huyan porque las van a encontrar si permanecen ahí. La otra le pide que guarde silencio; busca tranquilizarla explicándole que si vuela en ese momento la matarán, que debe mantener la calma hasta que se vayan. No la escucha. Ansiosa se revolotea en el escondite; no soporta la presión de sentir cómo se acercan y, más tarda en levantar el vuelo, que en oírse el fatal disparo. 

Eso me lleva a reflexionar cuán necesario es aprender a manejar las situaciones de extremo peligro, mantener la calma, y evitar tomar decisiones en condiciones que comprometen la vida misma. Lo difícil es explicárselo a los jóvenes. ¿Cómo decirles, que el hogar es para resguardarnos de las amenazas externas?, cuando quizás no hicimos lo necesario para que sintieran calor en casa. ¿Cómo intentar platicar con ellos?, cuando no se tendieron puentes de comunicación sincera y afectiva, si no se dio la confianza, ni la convivencia, que les permitiera sentirse seguros, aceptados y amados. 

Los daños del confinamiento son evidentes, especialmente entre los jóvenes que se niegan a creer; sin duda, muchos quedarán en el intento por demostrar que son falsos los datos y que el Covid-19 es un invento, como cualquier otra leyenda urbana.   

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