“El mundo es un salón del que es preciso salir cortés y honrosamente, es decir, saludando y pagando las deudas del juego”, decía el gran novelista y dramaturgo francés, Alejandro Dumas, destacando cuán importante es saldar lo que se debe, para conservar las amistades y un buen historial crediticio. 

En momentos en que la economía mundial parece desmoronarse, vemos como hasta los países más poderosos han recurrido al endeudamiento, para hacer frente a esta crisis que ha rebasado todo lo imaginario. Nadie nos habla, sin embargo, del sacrificio que deberán hacer para salir adelante, ni cuántos años destinarán gran parte de su ingreso per cápita, para lograrlo. 

De igual manera, en el bolsillo de millones de seres humanos, se resiente la falta de ingresos, y aun cuando hacemos el esfuerzo por estirar al máximo hasta el último centavo, no es suficiente, así que cautivados por la ilusión momentánea que genera una tarjeta de crédito, empezamos a hacer uso de ella, olvidando pagar cada mes el saldo deudor y más bien poniendo los ojos en el límite de crédito. Si saturamos una, buscamos otra, hasta que al final reclaman la mayor parte de nuestro salario, convirtiéndose en un verdadero dolor de cabeza. Apenas si nos alcanza para el pago mínimo mensual que nos requieren y la acumulación de los intereses va haciendo cada vez más difícil saldarlas. 

Entramos en un círculo vicioso. No contamos con efectivo para darnos cuenta de cómo utilizamos nuestro dinero ni en que lo gastamos. En cuanto lo recibimos, el mayor porcentaje lo destinamos para cubrir lo que ya debemos y, lo poco que queda, se va al pago de los servicios básicos que, en algunos casos, solo reciben billetes y monedas, una tarjeta de débito o transferencia bancaria.  

Así que, para hacernos de lo restante, inevitablemente nos vemos obligados a usar otra vez la tarjeta de crédito. No planeamos, ni hacemos un registro de lo que adquirimos, ni mucho menos tomamos conciencia de la forma en que se acumulan las deudas. No revisamos lo que estamos consumiendo, si son productos que realmente necesitamos o si estamos cayendo en compras compulsivas, en un verdadero despilfarro con consecuencias difíciles de prever. 

Platicando con alguien que sabe de finanzas, me hizo reflexionar la triste realidad que vivimos quienes dependemos de una tarjeta de crédito para hacer las compras cotidianas, ajenos a la cadena que llevamos y que adquirimos de forma inconsciente. Me hizo un cálculo básico para entender como administran los banqueros nuestro dinero.  

“Mira, me dijo, supongamos que tienes una inversión de cien mil pesos, a plazo fijo de tres meses, no pasa que te den un rendimiento de poco menos de quinientos pesos; pero si tienes un saldo en una tarjeta de crédito de diez o doce mil pesos, estarías pagando casi lo mismo de intereses, pero mensuales. Lo cierto es que no conviene tener dinero ahorrado, cuando tienes deudas en tus tarjetas de crédito, es como vivir un sueño y despertar en medio de una pesadilla. Los únicos que ganan son los banqueros”. 

Es momento de revisar a fondo cómo estamos llevando las finanzas personales y en la familia, para tratar de quitarnos ese peso inmenso que representa el vivir endeudado. Las tarjetas de crédito pueden ser una buena opción para quienes saben utilizarlas, pero en realidad, finalmente acaban por convertirse en una navaja de doble filo, sobre todo cuando hacemos uso indiscriminado de ellas, para acceder a productos y servicios a los que realmente no podemos, al no tener los suficientes recursos para pagarlos en tiempo y forma. 

La presión que ejerce emocionalmente estar endeudado y la urgencia de pagar, está cada vez más presente en nuestros hogares, con todo lo que ello implica dentro de la dinámica familiar. Sino tenemos una necesidad urgente para comprar algo, será mejor esperar y no seguir aumentando la deuda, así sea a través de una compra a plazos. Comparar precios, marcas y servicios en distintos almacenes también ayuda. 

Hay que cuidar el producto de nuestro esfuerzo. No es nada recomendable gastarlo antes de recibirlo. Será mejor administrarlo con una tarjeta de débito, acompañado de un cuaderno de notas, que nos apoye con el registro diario de los llamados gastos hormiga, y disfrutemos de lo poco o mucho que tenemos, sin vivir imaginando un mundo que cuesta demasiado tener, conscientes de que tarde o temprano la realidad se impone. 

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