Encuestas a Modo: ruido político sin metodología

Columna Política

En los últimos días han comenzado a circular como ocurre cada vez que se asoma un proceso electoral una serie de “encuestas” sobre la eventual sucesión en distintos cargos públicos, ya sean federales, estatales o municipales. Aparecen en redes sociales, se replican en grupos de WhatsApp, se difunden en páginas de Facebook y, en algunos casos, hasta pretenden convertirse en tema de análisis político. Sin embargo, la mayoría de estos ejercicios carece de algo fundamental: credibilidad metodológica.

Hoy cualquiera puede publicar una gráfica, asignar porcentajes y presentar un supuesto “estudio de opinión”. Lo mismo da replicarlo que ignorarlo. Algunos analistas improvisados se apresuran a comentar los resultados, mientras que quienes conocen realmente el tema advierten rápidamente que muchos de esos números están muy lejos de la realidad política y social del momento.

Y es que, a más de quince meses de las elecciones intermedias de 2027, nadie tiene con claridad del panorama electoral. Pretender anticiparlo mediante encuestas sin sustento científico no es más que un ejercicio de ruido político cuyo objetivo es simple: posicionar nombres y generar percepciones artificiales en la opinión pública. Pero una cosa debe quedar claro: ese ruido no garantiza candidaturas, mucho menos simpatías ciudadanas y, en definitiva, tampoco triunfos electorales.

En el Estado de México el fenómeno ya se observa con claridad. Algunos aspirantes particularmente dentro de Morena, donde la competencia interna se ha vuelto intensa— buscan posicionarse a través de este tipo de «mediciones» difundidas en redes sociales. Las llamadas “casas encuestadoras”, si es que a varias de ellas se les puede considerar como tales, publican resultados que en el fondo parecen diseñados para favorecer a determinados personajes.

La lógica es sencilla: mostrar números inflados para demostrar supuesta popularidad ante los jefes políticos o ante los grupos de poder a los que se rinde cuentas. En ese contexto, las encuestas dejan de ser herramientas de medición social y se convierten en instrumentos de propaganda interna.

Dentro de Morena, por ejemplo, la disputa por las posiciones rumbo a 2027 se parece cada vez más a un ring político donde cada aspirante responde a un grupo o corriente. Algunos buscan proyectarse hacia figuras como Higinio Martínez Miranda; otros se alinean con estructuras cercanas al secretario general de Gobierno, Horacio Duarte Olivares; mientras que en el Congreso local el liderazgo político pasa por Francisco Vázquez Rodríguez. En la esfera federal, algunos actores intentan cobijarse bajo liderazgos como el de Ricardo Monreal.

En ese tablero, las encuestas terminan siendo una especie de reporte político que algunos aspirantes envían a sus padrinos para demostrar que “van bien”. Pero todos saben que esas cifras no representan necesariamente la percepción real de la ciudadanía.

Y el fenómeno no es exclusivo de Morena. En otros partidos también comienzan a aparecer mediciones que pretenden posicionar nombres rumbo a las definiciones electorales. En el Partido Verde Ecologista de México, Pepe Couttolenc no tiene claro el panorama, en el Partido Acción Nacional están sin cabeza fija, en el Partido Revolucionario Institucional, Cristina esta perdida y esta dejando en lo local que decidan, en Movimiento Ciudadano Maynez será un estorbo para designar, incluso en el Partido del Trabajo Anaya será otra vez comparsa de quienes sean designados, eso si; empiezan a circular ejercicios similares que buscan colocar a determinados perfiles en el imaginario público. El problema es el mismo: sin metodología clara, sin muestra definida y sin transparencia en su financiamiento.

Porque una encuesta seria debe cumplir requisitos básicos: tamaño de muestra, margen de error, fecha de levantamiento, método de selección de entrevistados, redacción exacta de las preguntas y patrocinador del estudio. Sin esos datos, cualquier gráfica es simplemente un ejercicio de imaginación.

Por ello, la ciudadanía debe mirar con cautela este tipo de publicaciones. Muchas de ellas ni siquiera incluyen a todos los aspirantes reales, otras omiten perfiles relevantes y algunas más parecen diseñadas para favorecer a quien las pagó o las solicitó. No significa necesariamente que todas estén financiadas, pero tampoco hay elementos para afirmar lo contrario. Lo cierto es que carecen de transparencia y rigor técnico.

En política, el mejor termómetro sigue siendo el territorio. El trabajo real se mide en la calle: en el contacto con la gente, en la construcción de estructuras, en la cercanía con la ciudadanía y en la capacidad de generar confianza pública. Ese capital político no se construye con gráficos compartidos en redes sociales.

Las encuestas serias pueden ser una herramienta útil cuando se aplican con rigor metodológico y transparencia. Pero las “encuestas patito”, como popularmente se les conoce, solo generan expectativas falsas y terminan ensuciando proyectos políticos que, en muchos casos, ya de por sí son frágiles.

A estas alturas del proceso político, quienes pretendan definir candidaturas a partir de ese tipo de ejercicios están mirando el espejo equivocado. Las decisiones no se tomarán en una gráfica difundida en Facebook ni en un mensaje de WhatsApp.

La verdadera encuesta será la que realice la ciudadanía con su opinión, su participación y, llegado el momento, con su voto. Y para que eso ocurra todavía falta tiempo, trabajo político y, sobre todo, honestidad en la forma de construir liderazgo.

Porque en política, como en la vida pública, las percepciones pueden fabricarse por un momento, pero la realidad siempre termina imponiéndose.

Si me lo cuenta con Santo y Seña lo publicamos